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jueves, julio 25, 2024

Opiniones: Cine en blanco y negro

Por Héctor Ricardo Olivera | [email protected]

El pasado sirve para certificar datos históricos y también para descubrir hechos y conductas que no deben repetirse.

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Esta versión positiva de lo que pasó alguna vez se da de bruces con los que intentan revivir y proceder a abrumar a la sociedad con figuras y argumentos largamente verificados como nocivos para avanzar hacia metas superadoras.

En esta escuela se anota la reaparición pública de la ex Presidente y Vice Presidente, la viuda de Kirchner.

Luego de un saludable silencio reapareció el 27 de abril en Quilmes, reducto de su adorada compañera camporista Maira Mendoza para inaugurar el estadio deportivo Néstor Kirchner, que queda en la calle Néstor Kirchner donde se instaló la estatua de Néstor Kirchner.

El monumento tiene una curiosa historia itinerante.

Fue emplazado originalmente en la sede del UNASUR en Ecuador, fue retirado por decisión unánime de los miembros de la Entidad internacional porque “era un símbolo de la corrupción”.

Lo ubicaron luego en el Centro Cultural Kirchner que ahora se llama Palacio Libertad para terminar finalmente en su actual emplazamiento en el Estadio deportivo quilmeño.

La ceremonia fue una vuelta al pasado que intenta oprimirnos e impedir los cambios que nos saquen de tanta mediocridad.

Se repitieron los micros naranja que arrean la tropa, se exhibió un entusiasmo menguado en las tribunas y, como es de imaginar, desde el escenario vimos la repetición de una película vieja, algo así como un repaso de una vieja edición corroída por el tiempo y reiterada en sus anémicos contenidos.

Para peor, porque siempre se puede ser peor, la oradora usó toda su habilidad escénica para deleitar a un auditorio que se achica en cantidad y en auténtico entusiasmo.

La Señora parece haber profundizado su idea de que la condición de progresista de izquierda necesita sumar groserías al lenguaje.

Escuchamos entonces antigüedades conceptuales adornadas de una serie de ordinarieces propias de una “barra brava” a la que no le cobraron un penal.

Envejecen las ideas, envejece el lenguaje….

Envejece todo.

Y posiblemente por esa razón la vimos otra vez en el Instituto “Patrea”, (como le dice ella), inaugurando el salón de las mujeres a modo de respuesta infantil al cierre del símil que desmontaron en la Rosada.

Repitió allí su perorata populista con toques de maestra ciruela de Economía Política.

En el bolso dejó sus más de 1000 % de inflación de su gobierno con Alberto, el de los seguros, más el aumento de  la desocupación y la pobreza y demás datos largamente soportados por todos.

Lo mejor fue su referencia a sus calidades personales y los de su familia.

Fue cuando dijo que ellos no viajaban a Cuba, ni a Moscú ni a Beijín.

“Nosotros íbamos a New York, a Miami y a Disneyworld”.

Ahí la remató diciendo que eran personas normales, como cualquier argentino.

No la silbaron, pero vale señalar que tampoco despertó un aplauso entusiasmado.

Aquí sí se mostró desnuda.

Esa es su idea de la normalidad.

Citó a Juana Azurduy, la del Alto Perú y a Mariquita Sánchez de Thomson, la oligarca que se reunía con los contrabandistas.

Dijo de paso que todos los contrabandistas son los ricos.

No se puso colorada y se mostró tal cual es.

Esa concepción conservadora y oligarca es la suya.

Lo otro, las palabrotas y los chistes opacos son el disfraz con que mintió durante toda su vida desde que dejó la casita donde nació en Tolosa, en el norte de La Plata, hasta que encontró a su compañero maestro, igual que ella, de la corrupción, el populismo y la mentira.

Hay que colegir que es ella una de las razones que fortalecen la figura de Milei.

Y hay que completar que no alcanza, porque la Argentina necesita urgentemente escapar de los extremos.

Lástima que la oposición republicana parece no entenderlo todavía.

Hay tiempo, pero no todo el tiempo…

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