Un hombre llamado Raúl
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Por César López Osornio (Viyo)
Allá por el veintisiete, cuando la tierra transitaba un siglo convulsionado por disputas de poder, y entre las sombras se avecinaba el oprobio, un niño acababa de nacer. Llegaba al mundo el hombre que cambió la vida de un pueblo.
De costumbres mundanas peregrinó la infancia en la dicha de saberse amado, la vida pueblerina le acariciaba el alma. La escuela, los compañeros, escapadas a la laguna, la pelota, la canchita del barrio, cada lugar grabado en la memoria. Imborrables noches de verano cuando la navidad se adormecía entre jazmines, el refugio familiar contenía el ensueño con la fe por delante, y en el rito una plegaria. La cupa, el juego esperado apenas el ocaso cubría de sombras las calles empedradas. El carro del lechero, el almacenero del barrio, y el carrito de helados hacían las delicias en la siesta obligada. Esas escapadas eran tan dulces como el recuerdo. Entrañables viajes al hogar de los abuelos, mientras compartía el tiempo entre la pequeña aldea y la gran urbe. La iglesia, las mañanas de domingos, y la preparación de las pascuas, celebración que el destino convertiría en hito memorable. Marcas indelebles de un pueblo en defensa de la república.
Largas caminatas a orillas de la laguna forjaron su espíritu inquebrantable. La tolerancia y el respeto, afianzaron la soberanía política. El bienestar común y los sueños de libertad y justicia. Así transitó el amanecer de un nuevo tiempo, sus estudios del derecho, un faro en la noche de sus desvelos que enarboló en bandera hacia la victoria. Apasionado y terco, irrefutable condición de sus ancestros, abrazó la militancia y la acción dedicada a la igualdad jurídica. De corazón abierto, la razón impulsaba la conducta, y transitó caminos para volver a la tierra de su infancia, un remanso anclado al terruño que engrandecía la simpleza de sus actos, ahí donde el invierno se envanece en cada agosto, y el rosa de los cerezos, pintan con efímera presencia el andar sereno de sus pasos.
Con calma recorrió distancias, el tiempo siguió la marcha entre lajas desparejas sellando el destino. Se abrazó al paisaje y atesoró recuerdos con la brisa tibia del verano. Flores de jacarandás alfombran las veredas, y un vuelo de biguás sobre los juncos, anuncia amanecer en la laguna. De rojos atardeceres tiñó su alma. Por las noches, estela blanca de la barca tras el brillo de la luna, atrapó la magia de un cielo estrellado.
Sembrador de ilusiones, agitó las almas con voz de esperanza. De mano abierta y tendida, de escuchar angustias y de calmar heridas. Recogió los sueños y abrazó el reclamo de oprimidos.
Era un hombre de mi tierra, paisano chascomunense, la que fue punta de rieles, la de esquinas sin ochavas, la de balcones con rejas, la de flores y laguna a quien cantan los poetas.
Al final recibió el abrazo, el pueblo no olvida. Un vuelo celeste y blanco sacude el aire, mientras el bronce en la mirada contempla el atardecer sereno, y retumba en los oídos, la fuerza de su voz.
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