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miércoles, junio 19, 2024

Opiniones: es la educación, estúpido

Por Héctor Ricardo Olivera | [email protected]

En las elecciones presidenciales de EEUU de 1992 el candidato republicano Bill Clinton figuraba lejos debajo de su contendiente, George Bush.

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Fue cuando el estratega de la campaña de Clinton, James Carwille,  inventó el slogan que revirtió el resultado y llevó a Clinton a la Presidencia.

“Es la Economía, estúpido” decía el breve comentario que resultó la llave del éxito.

Bueno sería que acá alguien usara una táctica similar para poder armar  una convocatoria que unifique a los grupos republicanos que aún hay y encarar una campaña que nos saque de tanta mediocridad, abatimiento y desesperanza.

Recordando la gesta yanqui de 1992 el mensaje debería ser “es la Educación, estúpido”.

Si uno profundiza en búsqueda de la razón de nuestras crisis verá que en todos los casos la Educación aparece como un componente central. Esa deficiencia creciente es la razón de ser de las cosas que nos duelen y nos pasan.

No es casualidad que tengamos a cargo de la Presidencia de la República a un tipo que se expresa con un léxico mal educado, plagado de palabras que son dignas de un “barra  brava” en la tribuna.

No alcanza a comprender que hay chicos escuchándolo que luego repetirán sus ordinarieces como si nada.

Con otro nivel educativo tampoco veríamos a radicales y peronistas bailando juntos y apretaditos el vals de la politiquería, ni a un animal de la talla de Grabois matoneando a tres jueces sin que ninguno de ellos sea capaz de demostrar el temple que es dable esperar de quienes tienen la responsabilidad de administrar Justicia.

En una sociedad educada no habría lugar para los gerentes de la pobreza y mucho menos para los tantos sometidos a la degradación de ser obligados a ir a una marcha a cambio de un plato de comida.

Tampoco sería posible la existencia de una casta sindical que anda en autos de alta gama frente a la pobreza de sus supuestos representados y , como hoy ocurre, están de bacanes de lujo en Ginebra, Suiza, lejos de la gente y cerca de los oropeles del Mundo.

La marcha más grande contra el Gobierno de Milei fue un reclamo universitario en favor de la educación pública.

La queja es genuina, pero manifiestamente mezquina.

Porque a nadie escapa que la rama mayor del árbol de la educación pública son los niveles inicial, primario y secundario.

Es cierto que la Universidad supone la producción de cerebros que hagan posible que Argentina ingrese al Mundo que avanza de la mano de la tecnología, los saberes más complejos, ahora con Inteligencia artificial, (IA).

Ya no son  los recursos naturales los que indican el escalafón de los Países respecto de sus futuros.

Hoy estamos viviendo la era del conocimiento y quien no lo entienda quedará fuera del futuro deseado.

Es obvio que la Universidad necesita cambios.

Si comparamos con nuestros vecinos, veremos que tenemos proporcionalmente más alumnos universitarios que ellos, pero estamos lejos en cuanto a la matriculación.

Ya es tiempo de aplicar sistemas de exámenes de ingreso que verifiquen el nivel de los aspirantes para que el sistema cuente con un mínimo de racionalidad.

Más  aún.

En los países más adelantados en materia educativa disponen que sean los mejores egresados los que puedan ingresar a la carrera docente, que es  de nivel universitario.

Así ocurre en Finlandia o en Corea.

En Ecuador el examen de ingreso tiene una valoración máxima de 1.000  puntos y para ingresar en las carreras de docencia o Medicina el mínimo es 800 puntos en tanto para el resto alcanza con 550.

No hay dudas que la Reforma Universitaria fue un acontecimiento histórico, pero como todo, los años no vienen  solos y sería necesaria una revisión que adapte las normas  a los requerimientos que vienen con las exigencias de los nuevos tiempos.

De todas formas, la raíz del problema educativo en Argentina está en las escuelas primarias y secundarias.

Son ellas las que alimentan a los niveles superiores.

Y si vemos lo que realmente pasa en las aulas no escapa al criterio de nadie que en 15 años los docentes universitarios se encontrarán con la valla insalvable de la incapacidad de sus nuevos alumnos.

Frente a este panorama aparece ahora el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires anunciando con bombos y platillos la eliminación de la repitencia.

Justo él, que dice “aiga” y “pudió”…

La propuesta es una maniobra más del populismo peronista que solo busca un título en los diarios pero lejos está de ir al fondo del asunto.

Los adolescentes no entienden  lo que leen, si es que algo  leen, y lejos están de resolver un problema matemático simple.

Puede accederse a esta realidad siguiendo estadísticas e informes de grupos especializados.

Pero alcanza y sobra con conversar  con un hijo o un nieto y fácilmente veremos que carece de léxico, no saben  hablar, menos escribir y tampoco lucirse en temas de números y fórmulas.

La cantidad de horas de clase anuales de nuestros alumnos muestra claramente que estamos muy mal.

Costa Rica da a sus alumnos  1.147 horas, seguido por Chile con 1.080, también se incluyen Colombia y Brasil con 1.000 y 800 horas respectivamente.

En nuestro país, si se tiene en cuenta el promedio de días de clase perdidos al año por paros docentes, esta cantidad se reduce a apenas 722 horas efectivas de clase anuales.

La crisis del sistema educativo argentino es, sin dudas, el mayor de nuestros problemas.

De ahí que sea necesario imaginar la mayor de las soluciones.

En medio de este descalabro político, económico, institucional y social sería una maravilla que alguno plantee la convocatoria que junte conocimientos, experiencias y virtudes propias y ajenas para iniciar el largo y pesado camino de la reparación.

Sería, a lo mejor, una llamada que de inicio a la construcción de algo nuevo que nos permita soñar con el País que no somos.

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