Mientras Caputo relativiza las deudas, en Chascomús crecen las familias atrapadas por la morosidad
El discurso oficial insiste en mostrar al endeudamiento como una herramienta “normal” de consumo, pero la realidad cotidiana expone otra cara: jubilados, trabajadores y jóvenes que usan préstamos para pagar préstamos y destinan más de la mitad de sus ingresos a sobrevivir.
En la Argentina de 2026, el endeudamiento dejó de ser una excepción para transformarse en una condición estructural de millones de hogares. Sin embargo, mientras los números revelan un escenario alarmante, el gobierno nacional parece decidido a negar la profundidad del problema. Las recientes declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, afirmando que “no es un problema tener deuda” y que “en el mundo la gente vive con deudas”, reflejan una mirada desconectada de la realidad que atraviesa gran parte de la población.
La frase podría interpretarse como válida en economías estables, donde el crédito impulsa inversiones, vivienda o consumo durable. Pero en la Argentina actual, la deuda no financia crecimiento ni bienestar: financia comida, medicamentos, tarifas y la posibilidad de llegar a fin de mes. Ahí es donde el discurso oficial se transforma en negacionismo económico.
Los datos son contundentes. El 91% de los hogares argentinos tiene algún tipo de deuda y millones de familias sobreviven refinanciando tarjetas de crédito, utilizando billeteras virtuales con intereses elevados o solicitando préstamos personales para cancelar obligaciones anteriores. En muchos casos, el crédito dejó de ser una herramienta financiera para convertirse en un mecanismo desesperado de supervivencia.
La contradicción del propio sistema político evidencia la gravedad del cuadro. Mientras el ministro relativiza la situación, avanzan proyectos legislativos como el RED (Régimen Esencial para el Desendeudamiento) y la denominada “Ley de Segunda Oportunidad”, iniciativas que buscan reestructurar deudas, congelar intereses y ofrecer alivio a familias asfixiadas financieramente. Si el problema no existiera, no habría necesidad de debatir programas de rescate económico familiar.
El contraste entre el relato oficial y la realidad se vuelve todavía más evidente cuando se observa lo que sucede fuera de los grandes centros financieros. En Chascomús, la Oficina Municipal de Información al Consumidor advirtió que el 44% de las consultas recibidas durante el primer trimestre de 2026 estuvieron relacionadas con la imposibilidad de afrontar deudas bancarias y financieras.
Detrás de ese porcentaje hay historias concretas: jubilados que usan créditos rápidos para comprar medicamentos, trabajadores que pagan servicios con tarjetas y jóvenes que ingresan tempranamente en circuitos de endeudamiento difíciles de revertir. Muchas familias destinan más del 50% de sus ingresos únicamente al pago de cuotas e intereses.
La situación ya muestra síntomas preocupantes. La morosidad financiera en la región alcanzó el 15,4% y crece la cantidad de vecinos que toman nuevos préstamos para cubrir vencimientos anteriores, entrando en una espiral que agrava aún más su situación patrimonial. La deuda ya no aparece asociada al consumo suntuario, sino al deterioro del poder adquisitivo y al aumento constante del costo de vida.
En ese contexto, las declaraciones de Caputo adquieren un tono particularmente insensible. Porque no se trata solamente de números macroeconómicos o estadísticas bancarias: se trata de familias que viven bajo una presión financiera permanente, condicionadas por intereses, refinanciaciones y vencimientos imposibles.
La realidad demuestra que existe una enorme distancia entre la narrativa libertaria del gobierno de Javier Milei y lo que sucede en ciudades del interior como Chascomús. Mientras desde Nación se celebra la desaceleración inflacionaria y se defiende el ajuste como camino inevitable, en los barrios la economía cotidiana sigue marcada por salarios insuficientes, caída del consumo y endeudamiento creciente.
El problema de fondo no es únicamente financiero. Es social. Cuando una familia debe elegir entre pagar la tarjeta o comprar alimentos, el endeudamiento deja de ser una “herramienta normal” y pasa a ser una señal de deterioro profundo del tejido económico.
Por eso, la discusión ya no puede limitarse a si tomar deuda es bueno o malo. La verdadera pregunta es por qué millones de argentinos necesitan endeudarse para cubrir gastos básicos mientras el gobierno insiste en minimizar una crisis que se percibe todos los días en comercios, hogares y oficinas de defensa del consumidor.
En Chascomús, como en tantas ciudades del país, la realidad parece desmentir el optimismo oficial. Y cuando la política niega lo que la sociedad vive cotidianamente, el riesgo más grave no es económico: es perder la capacidad de escuchar el sufrimiento real de la gente.
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