Javier Anchordoqui: El tambero de Altamirano que convirtió el sacrificio en legado
Un antiguo testimonio recuperado recientemente permite redescubrir la historia de Don Javier Anchordoqui, un referente del trabajo rural en la zona de Altamirano cuya vida estuvo marcada por el sacrificio, la responsabilidad temprana y la dedicación al tambo familiar.
- Redacción El Cronista, con material de archivo de Emilio Mariano Gutiérrez.
Existen hombres cuya historia personal se confunde con la de su tierra. Don Javier Anchordoqui es, sin duda, uno de ellos. Recientemente, a través de un valioso rescate histórico del fotógrafo chascomunense Emilio Mariano Gutiérrez —quien recuperó una entrevista de la Revista Gándara de abril de 1985—, ha vuelto a la luz la vida de este emblema de la cultura del esfuerzo en la zona de Altamirano.
Una vida marcada por el deber
La historia de Javier con el tambo comenzó de forma abrupta y prematura. En 1931, un trágico 31 de agosto, un accidente automovilístico le arrebató a su padre, sostén de la familia. Con apenas nueve años, el pequeño Santiago Javier tuvo que hacerse cargo de las tareas rurales; una forma temprana de enfrentar no solo el trabajo, sino la vida misma.
Durante décadas, su rutina desafió al reloj. A las dos de la mañana, cuando el resto del mundo descansaba, los Anchordoqui ya estaban en pie. Con apenas unos mates encima, la jornada arrancaba en la oscuridad para asegurar que la leche llegara a tiempo a la estación. El trayecto de diez kilómetros hasta Altamirano se hacía a campo traviesa, abriendo y cerrando tranqueras bajo cualquier clima, para cargar los 25 tarros en el "tren mañanero".
La cultura de la cooperación
En sus relatos, Don Javier evocaba con nostalgia una época donde la solidaridad era la norma. "Esa cooperación entre vecinos era algo lindo de experimentar", recordaba. Máquinas, caballos y mano de obra se ofrecían sin retaceos. Eran tiempos de campos bien trabajados, de parvas y alfalfas, donde el suelo parecía responder con más generosidad que hoy, a pesar de los inviernos bravos.
Pero el trabajo no era todo aislamiento. La vida social latía en los boliches de la estación, como lo de Canale o lo de Ledesma y Echeverría. Allí, tras la descarga de la leche, se compartían naipes, alguna "copita reparadora" y se hablaba del juego vasco por excelencia en la cancha de pelota del "Zorro" Socobehere.
El valor de no dejarse abatir
La figura de Anchordoqui, rescatada hoy como un homenaje a la identidad rural, representa a esa generación que veía en el sacrificio una forma de dignidad. Como bien destaca la crónica de aquel entonces, fue un hombre que siempre buscó "avanzar un metro en la vida por no caerse ni dejarse abatir".
Incluso la tragedia guardó para él una extraña simetría: 41 años después de la muerte de su padre, un 31 de agosto de 1972, su madre fallecía en el mismo punto del camino a Altamirano. Una coincidencia grabada a fuego en su memoria, tan fresca como el recuerdo de sus madrugadas.
Hoy, gracias al archivo de Gutiérrez, la historia de Don Javier —que en 1985 ya sumaba 54 años de tambo— trasciende el tiempo. Su legado de trabajo y sacrificio, que supo amasar junto a su esposa Ester Villabona para transmitirlo a sus hijos, sigue siendo la herencia que hoy identifica y enorgullece a nuestra comunidad.
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