El tren del fuego: una amenaza que se repite cada verano y nadie resuelve
Un incendio de grandes proporciones volvió a encender las alarmas en la región y afectó campos entre Chascomús, Lezama y Castelli, a lo largo de las vías del ferrocarril paralelas a la Ruta 2. El fuego, presuntamente provocado por una locomotora en mal estado, obligó a un extenso operativo de bomberos y expuso, una vez más, un problema estructural que se repite cada verano sin respuestas concretas.
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Otra vez el fuego. Otra vez los campos ardiendo, los bomberos desbordados y los automovilistas circulando entre columnas de humo en plena Ruta 2. Otra vez, también, el silencio de quienes deberían dar respuestas. El grave incendio registrado en las últimas horas entre Lezama, Castelli y Chascomús, a lo largo de las vías del ferrocarril paralelas a la autovía, no es un hecho fortuito ni imprevisible: es la consecuencia directa de un problema estructural que se repite verano tras verano sin solución.
El foco ígneo no se originó en la banquina ni por una imprudencia ocasional. El fuego comenzó sobre las propias vías ferroviarias, tras el paso de una locomotora en evidente mal estado, que —según denuncias reiteradas— expulsa residuos incandescentes sobre los pastizales secos. Desde allí, las llamas avanzaron hacia los campos linderos, generando una situación de alto riesgo tanto para la producción rural como para la seguridad vial, en un momento de intenso recambio turístico hacia la Costa Atlántica.
La escena ya es conocida. Lo que cambia es la magnitud del desastre. En esta oportunidad, los incendios se extendieron desde el kilómetro 140 hasta el 177 de la Ruta 2, con más de 30 kilómetros de focos activos. El tramo más comprometido fue el comprendido entre los kilómetros 140 y 144, donde trabajaron durante horas dotaciones de Bomberos Voluntarios de Chascomús y Lezama, en condiciones extremas.
Más de 60 bomberos y unas 20 unidades fueron desplegados bajo temperaturas que superaron los 35 grados, exponiendo no solo su integridad física sino también el equipamiento de los cuarteles. Como consecuencia, una autobomba sufrió la rotura de su sistema de bombeo y varias unidades terminaron con cubiertas dañadas. Costos millonarios que, una vez más, deben afrontar los propios cuarteles, sostenidos casi exclusivamente por el esfuerzo comunitario.
Mientras tanto, las pérdidas para los productores rurales vuelven a acumularse. Alambrados destruidos, postes calcinados, cercos arrasados. Un productor recordó que, en un episodio similar ocurrido el verano pasado, perdió más de 500 metros de alambrado. Nadie indemniza. Nadie responde.
Lo más alarmante es que no se trata de un problema nuevo. Existen reclamos formales desde hace años por parte de las sociedades rurales de Chascomús, Lezama y Castelli, así como de los cuarteles de bomberos de toda la región. Todos apuntan a la misma causa: una locomotora con más de 30 años de antigüedad, reacondicionada en talleres de Remedios de Escalada para reforzar el servicio a Mar del Plata durante la temporada estival, pero que al alcanzar determinada velocidad y temperatura desprende material carbonoso incandescente, sembrando fuego a lo largo de decenas de kilómetros.
La situación incluso llegó a los medios nacionales. En 2024, el canal TN tituló sin eufemismos: “Tren del fuego en Chascomús: las locomotoras largan chispas, incendian campos y generan pérdidas millonarias”. Vecinos denunciaban entonces hasta seis o siete focos diarios, y los bomberos ya habían combatido más de 90 incendios en la zona.
Nada cambió.
Todos reconocen el problema. Productores, bomberos, vecinos, periodistas. Pero nadie lo soluciona. Trenes Argentinos no brinda respuestas claras. Los organismos de control miran hacia otro lado. Y el Estado, en sus distintos niveles, parece reaccionar solo cuando el humo ya cubre la ruta y el desastre está consumado.
Cada verano, la historia se repite como una postal trágica y evitable. La pregunta ya no es qué está pasando —eso está más que claro— sino hasta cuándo se seguirá naturalizando una situación que pone en riesgo vidas, destruye recursos y expone una alarmante cadena de irresponsabilidades. El tren pasa, el fuego queda. Y la respuesta, otra vez, no llega.
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