Del petrodólar al mundo multipolar: Venezuela, los BRICS y Argentina ante el cambio de era
Al vender su petróleo fuera del circuito del dólar, Venezuela expuso una grieta estratégica en la hegemonía financiera de Estados Unidos. Ese movimiento aceleró un debate global que atraviesa a los BRICS, la OPEP y al sistema internacional en su conjunto. En ese nuevo tablero, Argentina aparece como un caso testigo del choque entre dos modelos de inserción mundial.
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Durante más de medio siglo, el poder global de Estados Unidos no descansó únicamente en su capacidad militar o tecnológica, sino en un engranaje menos visible y profundamente eficaz: el dominio del dólar como moneda casi exclusiva del comercio internacional de petróleo. Ese sistema, conocido como petrodólar, comenzó a mostrar signos de desgaste cuando Venezuela —poseedora de las mayores reservas probadas de crudo del planeta— empezó a comercializar su producción por fuera del circuito financiero estadounidense.
Lejos de tratarse solo de una respuesta coyuntural frente a las sanciones, la estrategia venezolana terminó convirtiéndose en un experimento geopolítico de alcance global. Caracas avanzó en la venta de petróleo en yuanes, euros y rublos, habilitó mecanismos de pago alternativos al sistema SWIFT y profundizó esquemas de intercambio que incluyeron petróleo refinado y acuerdos energéticos bilaterales. El mensaje fue tan simple como disruptivo: es posible comerciar y subsistir fuera del dólar.
Quedarse únicamente en la disputa por las reservas petroleras venezolanas sería un análisis incompleto. El crudo no solo sostiene economías nacionales y balances empresariales; también es uno de los pilares fundamentales del poder estructural de Estados Unidos.
El origen de ese sistema se remonta a 1974, cuando Washington —con Henry Kissinger como arquitecto— selló un acuerdo estratégico con Arabia Saudí. A cambio de protección militar y provisión de armas, el reino saudí aceptó vender su petróleo exclusivamente en dólares e invertir sus excedentes en bonos del Tesoro estadounidense. Más tarde, el resto de los países de la OPEP replicaron ese esquema, consolidando el sistema global del petrodólar.
Desde entonces, cualquier país que necesitara importar petróleo debía primero conseguir dólares. Esa demanda permanente sostuvo artificialmente el valor de la moneda estadounidense, permitió a EE.UU. financiar déficits fiscales y comerciales crecientes, mantener elevados niveles de deuda y abaratar su costo de financiamiento sin que su economía se resintiera como la de cualquier otro país en igual situación.
Pero el dólar no es solo una herramienta económica.
El dólar como arma geopolítica
El dominio del dólar le otorgó a Estados Unidos una capacidad de coerción sin precedentes en la historia contemporánea: congelar activos, bloquear transacciones, expulsar países del sistema financiero internacional y paralizar economías enteras sin recurrir a la fuerza militar directa. Las sanciones económicas se convirtieron en una de las principales herramientas de la política exterior estadounidense.
Por eso, cada intento de comerciar petróleo en monedas alternativas fue interpretado como una amenaza directa a su hegemonía. Irak, bajo el gobierno de Sadam Husein, y Libia, con Muamar el Gadafi, ensayaron caminos similares. Ambos procesos terminaron en intervenciones militares que reconfiguraron por completo a esos países.
En ese marco, Venezuela volvió a encender una alarma estratégica en Washington.
China, los BRICS y la desdolarización en marcha
Imposibilitada de operar con normalidad en dólares debido al régimen de sanciones, Venezuela profundizó su vínculo con China. Hoy, una porción mayoritaria del crudo venezolano se exporta al gigante asiático utilizando yuanes, mientras Beijing incrementó inversiones en infraestructura, energía y refinación.
Este proceso no ocurre de manera aislada. Forma parte de una tendencia más amplia de desdolarización impulsada por China, Rusia, Irán y otros países que integran —o gravitan alrededor— del bloque BRICS. El objetivo es claro: reducir la dependencia del dólar, construir circuitos financieros alternativos y avanzar hacia un orden multipolar.
Incluso aliados históricos de Estados Unidos comenzaron a diversificar. Arabia Saudí e Irán ya realizaron operaciones petroleras en yuanes, marcando un punto de contacto cada vez más visible entre la OPEP y los BRICS. En ese cruce, Venezuela se vuelve un socio estratégico, aun sin ser miembro formal del bloque.
Argentina ante la encrucijada global
Este debate no es abstracto ni lejano. Tiene expresiones concretas en América Latina, y Argentina se convirtió en uno de los ejemplos más claros de esa encrucijada estratégica.
En 2023, durante el gobierno de Alberto Fernández, el país fue invitado formalmente a incorporarse a los BRICS, con ingreso previsto para el 1° de enero de 2024. La decisión fue interpretada como un avance en la diversificación de la política exterior, orientada a ampliar mercados de exportación, acceder a nuevas fuentes de financiamiento, reducir la dependencia del dólar y fortalecer el comercio Sur–Sur.
También se esperaba que la membresía otorgara respaldo político en foros internacionales, incluida la histórica causa argentina por Malvinas, y una inserción más activa en el proceso de reconfiguración del sistema financiero global.
Sin embargo, ese rumbo se modificó con el cambio de gobierno.
El giro de Milei y el alineamiento occidental
Con la llegada de Javier Milei a la presidencia, la política exterior argentina dio un giro explícito. A fines de 2023, el nuevo gobierno comunicó oficialmente su decisión de no incorporarse a los BRICS, optando por una estrategia de mayor alineamiento con Estados Unidos y Europa, y adoptando una visión crítica sobre China y el rol geopolítico del bloque emergente.
La renuncia no fue un hecho administrativo, sino una definición ideológica y estratégica. Mientras una parte creciente del mundo avanza hacia esquemas multipolares, monedas alternativas y nuevas alianzas energéticas, Argentina eligió reafirmar su inserción en el eje occidental tradicional, incluso en un contexto donde ese liderazgo muestra signos de desgaste estructural.
Para numerosos analistas, la decisión implicó una oportunidad perdida en un momento clave de transición global, no solo por lo que representan los BRICS como bloque, sino por la posibilidad de ampliar los márgenes de maniobra de la política exterior argentina.
Derecha, izquierda y el mundo que viene
El contraste entre Venezuela, el avance de los BRICS y la decisión argentina expone una línea divisoria cada vez más clara en la política mundial. Por un lado, gobiernos y proyectos —generalmente asociados a visiones soberanistas, desarrollistas o de izquierda— que buscan reducir la dependencia del dólar y diversificar alianzas. Por otro, administraciones alineadas con modelos liberales o de derecha que priorizan el vínculo con Estados Unidos y el orden financiero heredado de la posguerra.
Argentina quedó así ubicada como contracara del proceso de desdolarización que avanza en el Sur Global. Mientras Venezuela demostró que el petrodólar no es invulnerable, y mientras China consolida su influencia monetaria y energética, Buenos Aires decidió no subirse a ese proceso.
El mundo ya no es unipolar. El petróleo volvió a ocupar un lugar central como instrumento de poder, soberanía y alineamiento estratégico. En ese contexto, cada país define su futuro no solo por los recursos que posee, sino por las alianzas que elige construir.
Venezuela expuso el límite del petrodólar. Los BRICS trabajan para erosionar su monopolio. Y Argentina, al rechazar ese camino, dejó en claro que el debate sobre el nuevo orden mundial no es solo económico, sino profundamente político e ideológico.
El tablero global está cambiando. La verdadera pregunta ya no es si ese cambio ocurrirá, sino desde qué lugar cada nación decide enfrentarlo.
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