Cuando el dolor irrumpe: Chascomús y el desafío impostergable de la salud mental
La muerte de un joven en la costanera, en las últimas horas de 2025, volvió a conmocionar a la ciudad y expuso con crudeza una problemática que atraviesa a la comunidad y al país: los suicidios y los intentos de suicidio, un fenómeno creciente, complejo y prevenible que exige políticas públicas, redes de cuidado y una mirada colectiva sin estigmas.
Chascomús comenzó el año atravesada por una noticia tan dolorosa como conmocionante. En las últimas horas de 2025, cerca de las 22 del 31 de diciembre, un joven de 25 años fue hallado sin vida en la zona costanera. Se trató de una autodeterminación. El impacto fue inmediato y profundo: no sólo por la tragedia en sí, sino porque vuelve a poner en primer plano una problemática que atraviesa silenciosamente a nuestra comunidad y al país entero: la salud mental.
Lejos de ser un hecho aislado, este episodio se inscribe en un escenario nacional alarmante. Entre el 1° de abril de 2023 y el 31 de octubre de 2025 se notificaron en Argentina 22.249 intentos de suicidio, según datos oficiales del Boletín Epidemiológico Nacional (BEN), elaborado por el Ministerio de Salud de la Nación. De ese total, el 95% correspondió a intentos no fatales y el 5% tuvo un desenlace mortal. En términos epidemiológicos, esto implica que por cada muerte se registran más de 17 intentos, una cifra que obliga a mirar el fenómeno en toda su dimensión y no sólo en sus consecuencias más extremas.
El propio informe advierte que el aumento de los registros no puede leerse linealmente como un crecimiento automático de los intentos, sino también como el resultado de una mayor capacidad de detección, de la ampliación del sistema de vigilancia sanitaria y de una mayor sensibilización de los equipos de salud. Aun así, los números son contundentes y describen una realidad que interpela a todos los niveles del Estado y a la sociedad en su conjunto.
Uno de los datos más reveladores es la marcada diferencia de género. Las mujeres concentran el 61% de los intentos de suicidio notificados, pero los varones presentan un riesgo significativamente mayor de que esos intentos tengan resultado fatal. Mientras sólo el 2,1% de los intentos en mujeres termina en muerte, en los varones la cifra asciende al 10,8%. Esta brecha, que se repite en casi todos los grupos etarios, habla de construcciones sociales, mandatos, formas de pedir ayuda —o de no hacerlo— y del uso de métodos con distinta letalidad.
El foco se vuelve aún más preocupante cuando se observa a quiénes afecta con mayor fuerza. Adolescentes y jóvenes de entre 15 y 34 años concentran la mayor cantidad de intentos, con tasas especialmente elevadas en el grupo de 15 a 19 años. Allí, además, las mujeres presentan las cifras más altas de todo el conjunto analizado. Es decir: el problema golpea de lleno a las generaciones más jóvenes, en una etapa vital atravesada por transformaciones, incertidumbres y, en los últimos años, por un contexto social y económico cada vez más hostil.
Los modos en que se expresan los intentos también aportan claves. La sobreingesta de medicamentos es la modalidad más frecuente, especialmente entre mujeres, mientras que los varones recurren con mayor frecuencia a métodos de alta letalidad, como el ahorcamiento. El hogar aparece como el escenario principal en más del 85% de los casos, lo que refuerza la idea de que el sufrimiento muchas veces se gesta y se manifiesta en la intimidad, lejos de miradas externas.
Los antecedentes asociados —problemas de salud mental, intentos previos, consumos problemáticos, enfermedades crónicas— muestran un entramado complejo, donde rara vez hay una sola causa. Por eso, los especialistas insisten en la necesidad de abordajes integrales, sostenidos y comunitarios, que no se limiten a la atención de la urgencia sino que trabajen en la prevención, el acompañamiento y la construcción de redes de cuidado.
La tragedia que enluta a Chascomús nos enfrenta a una verdad incómoda: hablar de suicidio y de salud mental no es una opción, es una urgencia. El silencio, el estigma y la negación sólo profundizan el problema. Visibilizar, informar con responsabilidad y exigir políticas públicas acordes no es morbo ni oportunismo: es una forma de cuidar vidas.
El mensaje central que deja el propio Ministerio de Salud es claro y debe ser asumido colectivamente: el suicidio y los intentos de suicidio son prevenibles. Convertir el dolor en reflexión, y la reflexión en acción, es quizás el único camino posible para que tragedias como esta no se repitan.
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