Ciencia en retirada: el costo invisible de un país que decide no invertir en conocimiento
Mientras el Gobierno nacional profundiza el ajuste sobre universidades y el sistema científico, especialistas advierten sobre un deterioro estructural que compromete el futuro. En Chascomús, el impacto ya se siente en el INTECH.
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En su cruzada declarada contra el Estado, el presidente Javier Milei parece haber elegido un blanco silencioso pero estratégico: el sistema científico-tecnológico argentino. La desfinanciación de universidades, el deterioro salarial de docentes e investigadores y el recorte de programas clave no sólo configuran una coyuntura crítica, sino que abren un interrogante más profundo sobre el modelo de país que se intenta construir.
Lejos de tratarse de un ajuste más, lo que está en juego es la estructura misma de la producción de conocimiento. El investigador del CONICET, Alberto Kornblihtt, fue contundente al advertir que el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario y la caída del poder adquisitivo —que ronda el 40%— están generando un escenario insostenible. “Es la aniquilación del sistema científico”, sintetizó, al tiempo que describió laboratorios sin insumos, equipos sin mantenimiento y una parálisis creciente en los proyectos de investigación.
La situación no distingue disciplinas: desde la biotecnología hasta la paleontología, pasando por la geología o la arqueología, todas las áreas se ven afectadas por una lógica que desconoce —o desestima— el valor estratégico de la investigación básica. Aquella que no siempre ofrece resultados inmediatos, pero que constituye el sustrato indispensable para los avances productivos y tecnológicos del futuro.
Paradójicamente, mientras Argentina recorta, el mundo avanza en dirección contraria. China ha hecho de la ciencia y la tecnología el núcleo de su política de desarrollo. Con inversiones masivas en inteligencia artificial, computación cuántica y semiconductores, el gigante asiático no sólo apunta a la autosuficiencia, sino también a liderar el escenario global hacia 2030. Su estrategia es clara: sin conocimiento, no hay soberanía ni crecimiento sostenido.
El contraste es elocuente. Mientras un país construye futuro a partir del conocimiento, otro parece dispuesto a desmantelar sus propias capacidades. Y en ese proceso, las consecuencias no tardan en aparecer: fuga de cerebros, desarticulación de equipos de trabajo, pérdida de capital humano altamente calificado.
En este contexto, la ciudad de Chascomús no es ajena al impacto. El INTECH, un centro de referencia en investigación científica, enfrenta las mismas dificultades que el resto del sistema: proyectos paralizados, recorte de becas, salarios depreciados y una creciente incertidumbre sobre su funcionamiento. La situación se agrava en un escenario local donde también se registran obras públicas detenidas, afectando la infraestructura educativa y científica.
El ajuste no sólo golpea el presente, sino que condiciona el futuro. Los jóvenes investigadores —aquellos llamados a renovar y potenciar el sistema— son los más afectados. Sin condiciones mínimas para desarrollarse, muchos optan por emigrar o abandonar la carrera científica. El resultado es un país que invierte en formar talento para luego expulsarlo.
Resulta difícil no advertir la contradicción: en un mundo donde el conocimiento es el principal motor de desarrollo, Argentina parece renunciar a uno de sus activos más valiosos. La ciencia no es un gasto, sino una inversión estratégica. Ignorarla, desfinanciarla o despreciarla no sólo debilita el presente, sino que hipotecará las posibilidades de las generaciones futuras.
Como señaló Kornblihtt, no se trata de un problema sectorial. Es, en definitiva, un problema de toda la sociedad. Porque cuando un país decide apagar sus laboratorios, también comienza a apagar su futuro.
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