Chascomús y una discusión que vuelve cada verano: la ciudad limpia que se reclama, pero que muchas veces no se cuida
Mientras el Municipio refuerza operativos y organizaciones ambientales convocan a nuevas jornadas de limpieza en la laguna, el debate vuelve a instalarse entre los vecinos: la suciedad del espacio público no es solo un problema del Estado, sino también de las conductas cotidianas de quienes habitan y disfrutan la ciudad.
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La limpieza de una ciudad no se define únicamente por la frecuencia con la que pasan los camiones recolectores. Tampoco por la cantidad de operativos municipales ni por el esfuerzo —real y sostenido— de las cuadrillas que todos los días levantan residuos en distintos barrios de Chascomús. La limpieza de una ciudad se construye, o se destruye, a partir de las decisiones cotidianas de quienes la habitan.
En Chascomús, el sistema de recolección funciona de manera regular. Los contenedores se vacían y los microbasurales se levantan, y los mismos puntos críticos se limpian una y otra vez. Sin embargo, en menos de 24 horas, muchas esquinas vuelven a aparecer colapsadas de bolsas rotas, restos de poda, muebles viejos, escombros y residuos que nunca debieron estar allí. Cuando el problema se repite con esta frecuencia, ya no alcanza con señalar al servicio: hay una conducta social que merece ser interpelada.
La basura no aparece sola. Alguien la saca fuera de horario. Alguien decide no usar correctamente un contenedor. Alguien deja un sillón, ramas o escombros en la esquina sin llamar al 147. Son decisiones individuales que, acumuladas, generan un daño colectivo: malos olores, presencia de roedores, contaminación ambiental, deterioro del espacio público y barrios que pierden calidad de vida.
Existe una lógica preocupante que se repite: no queremos la basura en nuestra casa, en nuestra vereda o frente a nuestra puerta. Nos molesta verla, olerla, convivir con ella. Entonces la sacamos, pero la dejamos en el espacio común, como si al correrla unos metros dejara de ser un problema. Como si el espacio público no fuera de nadie. Y no es así: es de todos.
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También es necesario decirlo con claridad. Quienes realizan la recolección no son una maquinaria anónima que “pasa y junta”. Son vecinos de Chascomús. Son amigos, familiares, conocidos. Personas que trabajan bajo el sol, el frío o la lluvia, muchas veces levantando lo mismo que alguien decidió tirar horas antes. Exigir una ciudad limpia mientras se ensucia deliberadamente el espacio compartido no es justo ni respetuoso.
El Estado municipal tiene responsabilidades indelegables, y las cumple: garantizar la recolección, organizar operativos de limpieza, intervenir ante microbasurales y poner a disposición canales de reclamo. Pero una ciudad limpia no se construye solo con camiones y pala mecánica. Se construye con responsabilidad ciudadana. Con el respeto por normas básicas de convivencia: sacar los residuos en horario, usar correctamente los contenedores y comunicarse con la línea 147 cuando se trata de residuos voluminosos, poda o situaciones especiales. El servicio funciona de lunes a viernes de 8 a 15 horas, y las solicitudes también pueden realizarse las 24 horas a través del portal web municipal.
En ese marco, durante los últimos días, personal del área de Higiene Urbana llevó adelante jornadas intensivas de limpieza en distintos barrios. En El Obispado y El Algarrobo, las tareas demandaron el uso de cuatro camiones y maquinaria pesada para retirar residuos, ramas y objetos de gran porte. Un despliegue costoso, repetido y evitable si existiera mayor compromiso social.
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La discusión trascendió el ámbito municipal y se instaló con fuerza en redes sociales. Una vecina publicó imágenes del estado del sector conocido como el puente de las compuertas, sobre la laguna, y su reflexión se volvió viral. “La gente va, ‘disfruta de la naturaleza’ y así se lo devuelve”, escribió, detallando la presencia de pañales, botellas, latas, plásticos, restos de pesca, ropa y bolsas colgadas de los árboles. Contó que llenó cuatro bolsas de residuos en apenas media hora y convocó a otros vecinos a sumarse: salir a pasear, llevar guantes, llevar bolsas y limpiar. “¿Por qué esperar que otro limpie mi mugre?”, se preguntó.
El reclamo no apunta solo al respeto por quienes quieren disfrutar del paisaje, sino también por el propio lugar y por los animales silvestres que lo habitan. La laguna, símbolo de Chascomús, no puede convertirse en un basural a cielo abierto por desidia, comodidad o indiferencia.
En la misma línea, la organización ambiental Trama Activa volvió a convocar a la comunidad a una nueva jornada de limpieza y concientización ambiental denominada “Lagunazo”, que se realizará el miércoles 21 a las 16 horas frente a Puerto Aventura. La iniciativa, explicada por Luciana Schoj en FM Por Siempre 97.3, se inscribe en una acción sostenida que busca no solo limpiar, sino entender de dónde proviene la basura y cómo evitar que vuelva.
En la última jornada, realizada en diciembre, se recolectaron 145 kilos de residuos, en su mayoría plásticos, telgopor, envoltorios, colillas de cigarrillos y restos de comida rápida. Para esta nueva edición, se realizará por primera vez un conteo específico de colillas, uno de los residuos más contaminantes y normalizados en la ribera. La actividad contará con el acompañamiento de instituciones locales y buscará que parte de los residuos puedan ser recuperados junto a la cooperativa de recicladores, aunque muchas veces el nivel de contaminación lo impide.
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La pregunta de fondo sigue siendo incómoda, pero necesaria: ¿qué tipo de comunidad queremos ser? ¿Una que reclama servicios, pero no se hace cargo de sus actos? ¿O una que entiende que el espacio público también es propio y que cuidarlo es una forma básica de respeto hacia los demás?
La limpieza de Chascomús no depende solo del Estado. Tampoco solo de los vecinos. Depende de ambos. Y mientras no asumamos esa responsabilidad compartida, la discusión seguirá repitiéndose, la basura volverá a aparecer y la laguna —nuestro mayor patrimonio natural— seguirá pagando el precio de la indiferencia.
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