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      25 de Mayo: entre la patria y el alineamiento, la Argentina frente al espejo de su soberanía

      A 216 años de la Revolución de Mayo, el gobierno de Javier Milei profundiza su alianza con los Estados Unidos de Donald Trump y el Israel de Benjamín Netanyahu, reabriendo el debate sobre la identidad nacional, la soberanía política y el lugar de la Argentina en un mundo marcado por la disputa global entre Washington y la China de Xi Jinping.

      24 de mayo de 2026 | 19:05
      25 de Mayo: entre la patria y el alineamiento, la Argentina frente al espejo de su soberanía

      A horas de un nuevo 25 de Mayo, la Argentina vuelve a mirarse al espejo de su propia historia. Aquella Revolución de 1810 que destituyó al virrey español Baltasar Hidalgo de Cisneros y abrió el camino hacia la emancipación política no fue solamente una ruptura administrativa con la Corona española: fue, sobre todo, una declaración de identidad, de soberanía y de voluntad colectiva para decidir el destino nacional sin tutelas extranjeras.

      La conformación de la Primera Junta encabezada por Cornelio Saavedra, con Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios, simbolizó el nacimiento de una idea de patria que atravesó generaciones enteras. Desde entonces, cada 25 de Mayo no solo se recuerda un hecho histórico; se reivindica una noción profunda de autonomía política, cultural y económica. Una idea de país capaz de construir su propio rumbo.

      Sin embargo, más de dos siglos después, esa discusión vuelve a instalarse con fuerza en medio del escenario internacional y de las decisiones adoptadas por el gobierno de Javier Milei. La actual administración libertaria consolidó en apenas meses un alineamiento absoluto con los Estados Unidos de Donald Trump y con el Estado de Israel gobernado por Benjamín Netanyahu, abandonando décadas de equilibrio diplomático y neutralidad relativa en política exterior.

      La pregunta que comienza a recorrer distintos sectores políticos, académicos y sociales es inevitable: ¿hasta qué punto esa alianza representa una estrategia pragmática de inserción internacional y hasta qué punto implica una renuncia simbólica a una identidad histórica propia?

      El 25 de Mayo encuentra hoy a la Argentina atravesada por esa tensión.

      Mientras las familias preparan locro, empanadas y pastelitos para conmemorar una fecha profundamente arraigada en la cultura popular, el país exhibe una dirigencia que parece mirar más hacia Washington y Tel Aviv que hacia su propia tradición latinoamericana y autonomista. La retórica oficial, basada en la defensa irrestricta de “Occidente”, “la libertad” y los “valores judeocristianos”, marca un quiebre con la histórica doctrina diplomática argentina, caracterizada durante décadas por el multilateralismo y la búsqueda de márgenes de autonomía frente a las grandes potencias.

      En términos económicos, la dependencia del gobierno nacional respecto de los Estados Unidos resulta evidente. La necesidad urgente de dólares, la fragilidad de las reservas del Banco Central y la permanente negociación con el Fondo Monetario Internacional colocaron a la administración de Milei bajo la influencia directa del Tesoro norteamericano. Washington aparece así como garante financiero indispensable de un modelo económico sostenido sobre el ajuste fiscal extremo y la apertura irrestricta de mercados.

      Pero el vínculo excede largamente lo económico.

      Para el trumpismo, Milei representa una validación internacional de las políticas de shock libertarias: un experimento político que demuestra que el ajuste profundo, la reducción del Estado y la confrontación cultural pueden implementarse incluso en sociedades históricamente atravesadas por derechos sociales y tradiciones estatistas. Para la Casa Rosada, en tanto, el respaldo estadounidense funciona como un salvavidas político y financiero en medio de una economía golpeada por la recesión y la caída del consumo.

      A esa alianza se suma la relación inédita con el gobierno israelí de Netanyahu. El propio Milei se definió públicamente como “el presidente más sionista del mundo”, construyendo una identificación política, espiritual e ideológica que excede ampliamente la diplomacia convencional.

      La designación del rabino Axel Wahnish como embajador argentino en Israel, el impulso a los denominados “Acuerdos de Isaac”, la intención de trasladar la embajada argentina a Jerusalén y el alineamiento absoluto con las posiciones israelíes en Medio Oriente consolidan un cambio histórico en la política exterior argentina.

      El oficialismo presenta este acercamiento como parte de una inserción estratégica en el bloque occidental. Sus críticos, en cambio, observan una subordinación que rompe con la tradición independiente de la Argentina y que incluso puede comprometer márgenes de soberanía en decisiones futuras vinculadas a recursos naturales, defensa y relaciones comerciales.

      En este contexto, el contraste global entre los modelos de Estados Unidos y China se vuelve inevitable como espejo para pensar el lugar argentino en el mundo.

      Por un lado, el modelo impulsado por Trump se apoya en el nacionalismo económico, el individualismo extremo y la lógica del libre mercado combinado con proteccionismo estratégico. Por el otro, la China de Xi Jinping desarrolla un capitalismo de Estado profundamente centralizado, donde el Partido Comunista subordina la economía al interés nacional y planifica objetivos de largo plazo vinculados al desarrollo tecnológico, industrial y geopolítico.

      La disputa entre ambas potencias ya no es solamente comercial: es una batalla por el liderazgo mundial en inteligencia artificial, semiconductores, energía, recursos estratégicos y cadenas globales de producción.

      Y mientras Estados Unidos y China compiten por definir el siglo XXI, la Argentina parece debatirse entre alinearse automáticamente con uno de los polos o intentar reconstruir una política exterior más autónoma y pragmática.

      Allí emerge nuevamente el espíritu de Mayo.

      Porque la Revolución de 1810 no planteaba únicamente una ruptura administrativa con España; proponía una discusión más profunda acerca de quién debía tomar las decisiones fundamentales del país y en función de qué intereses.

      Esa pregunta continúa plenamente vigente.

      ¿Puede una nación construir soberanía económica dependiendo estructuralmente del FMI y de los organismos financieros internacionales? ¿Puede sostener una identidad diplomática propia cuando adopta posiciones automáticas dictadas por alianzas ideológicas externas? ¿Hasta qué punto la inserción internacional debe implicar subordinación política?

      En vísperas de un nuevo Día de la Patria, la Argentina parece debatirse entre dos pulsiones históricas: la búsqueda de autonomía que inspiró a los hombres de Mayo y una inserción internacional cada vez más condicionada por las grandes potencias del presente.

      Tal vez allí resida la verdadera discusión de este 25 de Mayo.

      No solamente recordar la Revolución de 1810 como una efeméride escolar o una tradición gastronómica, sino preguntarse cuánto queda hoy de aquella voluntad colectiva de construir un destino propio en un mundo atravesado nuevamente por imperios, disputas globales y dependencias económicas.

      Porque las patrias no se pierden de un día para otro.

      A veces comienzan a diluirse lentamente cuando dejan de pensarse a sí mismas desde su propia identidad y empiezan a mirarse únicamente a través de los intereses y las agendas de otros.

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